Lua Aires
Memoria de un tablao
Allí está el escenario, a la izquierda, al doblar de la esquina. Las cortinas entreabiertas anuncian lo que está casi a suceder. Lua Aires arregla un zapato que se ha descalzado, distendida. La pierna derecha parece combinar con la cortina que se mueve levemente. El pie en posición de ataque.
Entra. El público la aplaude de pie. El fervor crece. La sala llena, la atmósfera cálida de promesa. Se siente un calor difuso. Se detiene por instantes. Se concentra.
Lua siempre siente un escalofrío en esos instantes. Se siente poseída por fuerzas mucho más allá de sí misma. El flamenco le envuelve el cuerpo, en todos los poros de su piel. Mirada por el tiempo hacia lo más remoto, de donde las miradas se pierden y no hay palabra que lo diga desde dentro del silencio. Retrocediendo más de mil años, ese lugar se encuentra allí mismo, a perder de vista, como un larguísimo tablao.
Afuera, en el momento presente, el público en éxtasis ante el frémito de su cuerpo. La belleza que corta. Empiezan las guitarras y las palmas. La voz que entra:
“Rosa María, Rosa María.
Si tú me quisieras, qué feliz sería.”
Son cinco minutos a perder de la mirada. El número acaba entre aplausos, olés, bravos.
Lua Aires se siente plena, pero interrumpida. Hay que volver al momento, a ese lugar, al sentimiento, al bailar, danzar, bailar, danzar. Sobrevolar la propia muerte si es necesario.
Mas el aplauso es largo. Se prolonga. Lo que tan bien resulta parece ensayado, cuando una octava abajo, ampliado por el micrófono, las palmas a compás, y pronto la guitarra, anuncian un nuevo plano. El espectador lo reconoce, son los acordes de Al verte las flores lloran, inmortalizado por Camarón de la Isla y Paco de Lucía. Aplausos, más aplausos, muchos más aplausos — ahora más cortos.
Las palmas a compás duran más de lo normal. Los músicos no parecen importarse mucho con eso. El guitarrista mira al cantaor a los ojos y el cantaor mira al guitarrista. El palmero disfruta de su número con perfección virtuosa. Hay telepatía. El cuerpo de Lua se funde con la música, el cuerpo resonando con el ritmo. Nadie parece querer salir de ese lugar. El público, aún menos. El ritmo se prolonga hasta un punto absurdo, nadie desea ser el primero en romper el hechizo. Tiene que ser el cantaor.
Al verte las flores lloran
Cuando entras tú al jardín,
Porque las flores quisieran
Toítas parecerse a tiiiiiiii
La vibración se acentúa, e intensifica. Se evocan danzas pasadas alrededor de hogueras. Noches de luna junto al río. Quinientos años después, Juan Alfredo de los Aires juró que, si tuviera una hija, ella habría de llamarse Lua. Casi tres décadas más tarde, la voz, la guitarra, las palmas y la percusión del cajón flamenco dan al nombre una especie de chispa. Lua y flamenco. Chispa y fuego.
De la llama Lua se libera. Poco importa si va al encuentro de la multitud. El hombre que estaba a mi lado no quiere creer que ella se haya sentado en su regazo, aunque solo fuera por instantes.
Cuando se da cuenta, ya Lua danza en el escenario entre un decorado de estrellas y una luna inmensa como vestuario.
Y el día que tú naciste
Nacieron toítas las flores
Y en la pila del bautismo
Cantaron los ruiseñores.
¡BRAVO! ¡BRAVO! El salón hierve.
Pero la banda no se detiene. Por la adrenalina — “un, dos, tres” —, entran La Tana y La Juana, de una sola vez.
Ay
Ay
Ay ay ay
Que con el tralili, tralili, trai
Que con el tralili, tran tran tran
Hijo mío de mi alma
Tú no te cases con esa mujer
Esa mujer no te quiere.
Es el momento en que me olvido de todo, vete tú a saber por qué. Tal vez haya entrado en un trance. A lo mejor he alucinado.
— ¿Qué pasa? ¡Despierta, hombre! — me dice el compañero sentado a mi lado, el mismo que tuvo a Lua Aires en su regazo.
¿Qué hago yo? Aplaudo como los demás. Pero aún lo oigo otra vez, en su acento malagueño.
— ¿Estás alucinao o estás enamorao?
Un asistente entra en el escenario y da a Lua Aires un poco de agua. Ella bebe, levanta los ojos y sonríe al público. Es una sonrisa gentil y luminosa al mismo tiempo. Sentimos un nuevo aliento.
Llegan ecos de Camarón de la Isla.
Volando voy, volando vengo
Por el camino yo me entretengo.
El guitarrista y el palmero muestran el juego — son virtuosos, disfrutan, se divierten. Entra la percusión del cajón. Se aceleran las guitarras, Lua absorbe las llamas del mediodía. Bailaría un mes sin parar, si fuera necesario. Si no existieran los límites.
Desafortunadamente, en las horas mandan las reglas. No por ella, sino por quien manda en el tiempo.
Preferiríamos las musas. O el gran Apolo, dios de la luz plasmando las formas. Iluminando hasta lo más hondo de la noche, en las raíces bajo la tierra — de donde brotó, un día, el flamenco.
Pero es que la materia pesa, no se vive del aire. Los agentes de los artistas, las agendas de los espectáculos, las obligaciones, los impuestos. Y yo, a falta de más, me decido a ir a beber una Cruz Campo en el bar de la sala. Pensando que voy a ver a Lua Aires otra vez cuando vuelva a Sevilla. O cuando vaya a Córdoba, a Granada, a Cádiz, a Málaga, a Jerez de la Frontera. O incluso a Madrid, donde siempre se encuentran los mejores tablaos.
Sé que todos queríamos continuar. Lua Aires, los músicos uno por uno, todo el público en aquel espacio, compartiendo el mismo ritual. En el escenario bien intentaban dominar el ímpetu por más. Se imponía en el alma una frenada brusca.
Fue entonces cuando se oyó, clara, una voz de fondo. Tal vez haya sido el mánager.
— ¡Ni medianoche, ni hostias! Se acabó la fiesta.
Menos mal que aún hay tiempo para un poema de García Lorca. La última dosis antes de la partida. La caña puede esperar un poco más.
El veinticinco de junio
Le dijeron al Amargo
Ya puedes cortar si quieres
Las adelfas de tu patio
Ya puedes cortar si quieres
Las adelfas de tu patio
Y el veinticinco de junio
Le dijeron al Amargo
Recuerdo haber oído a Lorca decir que España tiene un tipo de belleza tan intensa que por ella somos aplastados contra una pared. O tal vez fui yo quien lo soñó. Da igual. Sabemos que no es una belleza que sí, nos aplastará, pero al final aún lloraremos por más.
Y la danza se terminó. Tiene que terminar.




